Opinión

En busca de sentido

Por Maggy Talavera (*)

Una de las lecturas que más huellas me ha dejado en los últimos años es, sin duda, la del libro “El hombre en busca de sentido”, de Viktor Frankl. A él recurro una y otra vez, tanto para recordar pasajes extraordinarios allí descritos, como para reanimarme en momentos de confusión, zozobra y pesimismo. Momentos como los que hemos vivido en los últimos años, en especial estos tres que nos separan de 2019, y más aun en fechas especiales como la que estamos por celebrar los periodistas de Bolivia este 10 de mayo. Una fecha que lleva a retomar reflexiones profundas sobre el periodismo y el ser periodista.

A diferencia de lo dicho por Gabriel García Márquez y que yo suscribía hasta hace poco, hoy digo que el periodismo no es el mejor oficio del mundo. Y ojo, aclaro: no es que crea que no es un buen oficio o que le esté restando valor. Todo lo contrario, estoy convencida que es un oficio, una profesión, de extrema y vital importancia; y que, por supuesto, para quienes abrazamos el periodismo por vocación, puede ser el mejor oficio. Pero exactamente esto pueden decir de sus oficios los bomberos, los médicos, los profesores, los carpinteros, los policías y tantos más que han encontrado en esos oficios el sentido para seguir vivos.

Por eso sostengo ahora que no hay un mejor oficio del mundo, sino muchos y variados; y que para que así podamos calificarlo y sentirlo, es imprescindible ejercerlo por vocación, un requisito ineludible al momento de someterlo al escrutinio personal y colectivo. Claro que hay más requisitos, pero la vocación, de la que nace luego la convicción, es un pilar al que, lamentablemente, cada vez le estamos dando menos atención e importancia. Y tal vez sea por esto, entre otros factores, que el periodismo esté enfrentando una crisis profunda cuyos efectos se reflejan no solo en la calidad de nuestro trabajo, sino también en la valoración que de él hacen los diferentes y otros sectores de la sociedad.

Una crisis que me ha llevado a pensar muchísimo en si vale o no la pena seguir en el oficio, en persistir en esta pasión. Confieso que no pocas veces he estado tentada a largarlo, más por una serie de desengaños ocasionados por terceros, pero en los que caemos por repetir errores (como en el amor, cuándo no), antes que por creer que esto no es lo mío. Pero he aquí que vuelven los pasajes descritos por Frankl en la lectura mencionada al inicio, con esa provocación que es la que plantea la búsqueda de un sentido para nuestras vidas, y reparo por enésima vez que yo sí encuentro en mi ser periodista un maravilloso sentido de vida. Con todo lo que ello implica: inseguridad e inestabilidad económica, amenazas de todo tipo y otras dificultades que se traducen incluso, o sobre todo, en caos en la vida personal.

Muchas de estas dificultades, sin duda alguna, comunes a los otros oficios que cada quien puede considerar su mejor oficio del mundo. Pero a las que ojalá encontremos respuesta lo más antes posible, al menos para atenuarlas, a fin de evitar que la crisis que hoy nos afecta como gremio siga profundizándose, minando y frustrando vocaciones en la necesaria nueva generación de periodistas que necesitamos, como gremio pero sobre todo como sociedad, para seguir gozando del ejercicio pleno de uno de los derechos fundamentales más vitales -ahora sí vale la pena ese “más”- como lo es sin duda el de la comunicación, en el que confluyen los de libertad de expresión y libertad de prensa.

(*) Publicado en El Deber y Los Tiempos, domingo 8 de mayo de 2022